Invictus: Las Peleas de Gallos en Puerto Rico, 2017

Serie en Color

Invictus es el trabajo (2013-2015) del fotógrafo Héctor Méndez Caratini. En el mismo se refleja el drama del espectáculo de las peleas de gallos en Puerto Rico. Un deporte nacional que es legal y que se lleva practicando en su País natal desde mediados del siglo 18. Como una trilogía artística, el ensayo fotográfico está dividido en tres partes (La Pasarela, La Pelea, La Muerte) y tienen al gallo como su estrella protagónica.

GALLUS
Costumbres y Tradiciones

 

Pica gayo, engriya jiro,
Mueide al ala renegao,
Juy qué puñalón de baca, etc.

– Manuel A. Alonso, El Gíbaro, 1849

 

CUANDO JOVEN, siempre estuve consciente de que existían las peleas de gallos. Los fines de semana mi abuelo materno me llevaba a su hacienda cafetalera, la cual estaba localizada en el interior de la Cordillera Central. Desde la ventana de su auto yo observaba los majestuosos gallos de peleas que tenían los jíbaros en el patio de sus humildes casas. Más sin embargo, dentro mi íntimo núcleo familiar nadie las mencionaba o patrocinaba.

Mientras crecía me impactó mucho la imagen del jibaro descalzo vista a través de los ojos de los artistas. Tales como El Pan Nuestro, la célebre pintura que ilustra al jíbaro cayeyano de Ramón Frade (1905). O, en el histórico dibujo de Luis Paret y Alcázar para el grabado de Juan de la Cruz, titulado Gíbaro de la Isla de Puerto-rico, realizado en 1776. Esta ilustración es el registro pictóricamente ilustrado más antiguo en el País que emplea la palabra jíbaro. En la misma aparece un campesino vestido de túnica suelta, con un sombrero de paja, orgullosamente cargando un precioso gallo debajo de su brazo izquierdo, sujetando un palo en la mano derecha y un machete colgado del hombro. Es muy probable que el jíbaro bajaba de la montaña y se dirigía hacia una gallera pueblerina. La imagen demuestra que ya existían en nuestra Isla, para el siglo 18, los gallos y por ende deducimos que también las peleas de gallos.

Más tarde, de adulto, en mi eterna búsqueda de los rasgos que componen la puertorriqueñidad, ingresé en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe (1974-1975). Bajo la tutela de don Ricardo Alegría deseaba conocer más sobre nuestra historia y cultura -la cual ha quedado grabada en el tiempo y el espacio.

Recuerdo que mientras estudiaba en el Centro me familiaricé con varios escritores. Uno de estos era el historiador español Fray Íñigo Abbad y Lasierra. El cual publicó una crónica, en el año 1782, titulada: Noticias de la historia geográfica civil y política de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. En la misma se narran las primeras noticias escritas de las notables peleas de gallos. En su sección titulada Uso y costumbres de los habitantes de esta isla, el cronista nos dice: “[Los Isleños] son apasionados por los juegos sedentarios; el de gallos es muy común en toda la América, y más en esta Isla. No tiene rubor un hombre de obligaciones pasear las calles, buscando quien quiera apostarlas con su gallo, y aventura todo cuanto dinero tiene, fiado de la valentía del suyo. Dos padres de familia se pasan el día en mitad de la plaza puestos de cuclillas, viéndolos reñir, sin manifestar alteración ni disgusto por haber perdido todo su dinero, siéndoles pérdida muy sensible que su gallo muera o salga herido de la pelea, como sucede regularmente, pues les atan en cada pie una lanceta bien afilada y saltando uno contra otro, se pasan y degüellan con ellas. El primero que cae muerto o huye el cerco, pierde la riña y su dueño paga la apuesta, que suelen ser considerables.” Esta crónica evidencia de que, posiblemente, al menos medio siglo antes ya este deporte estaba hondamente arraigado en la cultura puertorriqueña.

De igual forma, me familiaricé con la obra de Manuel A. Alonso -el primer exponente de la literatura costumbrista y criollista puertorriqueña. Su obra se caracterizaba por la búsqueda y la afirmación de la identidad puertorriqueña, cualidad que ha marcado gran parte de la literatura isleña desde entonces. Alonso publicó en Madrid (1849), su eterno clásico El Gíbaro. Esta obra en prosa y verso presenta estampas costumbristas de las tradiciones del campesino, incluido su modo de vestir, la música y su vida cotidiana. Utilizando al jíbaro como modelo, Alonso describe aquellas características que definen la identidad cultural puertorriqueña -para diferenciarlas de aquellas de la Madre Patria. Estas características son evidencia de que ya para el año 1842 existían cualidades que son sinónimos de la puertorriqueñidad.

Ejemplo típico de estos cuentos son dos de sus narraciones, en particular las de la Escena VII La gallera y en la Escena VIII Una pelea de gallos. Curiosamente, Alonso nos dice que “Puede pasar un pueblo de la isla de Puerto Rico sin espectáculos públicos de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni nadie que gobernase en él; pero jamás pasaría sin un ranchón grande, cubierto de teja yagua o paja, en cuyo centro hay un círculo de ocho o diez pasos de diámetro formado de tablas, con una gradería alrededor, hecha de lo mismo. Cuando se trata de fundar una nueva población no es extraño ver que aparece este edificio mucho antes que la iglesia,… este lugar al parecer de un culto idólatra, es La Gallera.”

Comencé a trabajar el tema de las peleas de gallos en Puerto Rico para mediados de la década de los 1980s. Era la época del apogeo de mis extensas documentaciones fotográficas sobre las tradiciones autóctonas. Para esa ocasión viajaba hasta Caimito acompañado de mi inseparable Hasselblad –una clásica cámara sueca de formato mediano- para documentar en película en blanco y negro el tema, dentro de una reconocida gallera en la ruralía.

Más tarde, durante el tiempo en que yo residía a tiempo completo en Cambridge, Massachusetts (1985-1987) mientras Annette, mi esposa, llevaba a cabo sus estudios universitarios conducentes a un grado doctoral, regresé a Puerto Rico durante unas breves vacaciones navideñas (1986). Ante el llamado de la puertorriqueñidad, retomé nuevamente el tema. Esta vez vine acompañado de otra de mis cámaras favoritas, una Linhof Technika. Era una gigantesca cámara profesional alemana de película de formato grande, 4”X5”, montada sobre un trípode. En aquella ocasión me llevé para la casa de mi familia unos cuantos gallos muertos en combate y los fotografié en un improvisado estudio fotográfico dentro del garaje del automóvil de mi progenitor. Mi madre y padre estaban emocionalmente afectados de que dichas aves muertas se encontraran dentro de la intimidad de su morada. Obviamente no entendían mi proyecto artístico.

Como fondos, donde descansar los gallos muertos, utilicé unos viejos papeles de periódicos (símbolos de la noticia desechable) que yo, de ante mano, había pintado de blanco para crear una especie de naturaleza muerta contemporánea. Semanas más tarde, a mi regreso a los Estados Unidos, imprimí en mi laboratorio los negativos utilizando la técnica del platinotipo –un medio fotográfico del siglo 19, del comienzo de la fotografía. Y de esta forma fue que pude terminar mi libro de artista, titulado: Mártires (1987). El mismo estaba compuesto de diez distintas imágenes de animales muertos y objetos descartados que acentuaban la geografía de la Isla de Porto Rico.

Dos décadas más tarde (2007), un amigo fotógrafo norteamericano me vino a visitar y me pidió de favor que lo llevara a fotografiar las peleas de gallos. Esta vez lo llevé a una gallera en las montañas. Su esposa, una veterinaria, vehementemente se oponía a las mismas. Para esa ocasión, fotografié brevemente el combate.

En varias ocasiones, del 2010 al 2014, viaje a diez distintos países asiáticos para documentar temáticas de carácter más internacional. En ese Periodo Asiático produje: Visions of Ancient Angkor (2011), The Buddha Series (2012) y Himalayan Kingdoms(2013). A mi regreso a Puerto Rico me percaté de que el tema de las religiones orientales (el budismo y el hinduismo) no caían bien a los boricuas. La realidad era que el tema tenía muy poca relevancia para una población insularista, conservadora y mayormente católica. Ante mi frustración por la falta de interés en mi reciente trabajo artístico, Annette (mi esposa) me recomendó de que retomara nuevamente temas asociados a la puertorriqueñidad –una temática que había gustado mucho en mis proyectos anteriores: Tradiciones: Álbum de la puertorriqueñidad (1990), Haciendas Cafetaleras de Puerto Rico (1990), Mascarada (2005), Petroglifos de Boriquén (2006).

En diciembre del 2013 comencé a laborar nuevamente con el tema de los gallos. Esta vez, para agilizar el proyecto, los fotografié con una pequeña y moderna cámara digital japonesa. A diferencia de los demás fotógrafos, decidí desarrollar el tema desde una perspectiva distinta a la usual, la periodística. Sin tener que enfatizar en las fotografías al público presente o el ambiente gallístico. El gallo era la estrella principal de mi ensayo visual. Como una trilogía, este ensayo fotográfico está dividido en tres partes. Conceptualmente tiene una relación estilística con otros de mis épicos trabajos anteriores. Tales como: Los Sueños del Patriota(2004), Inkaterra: una suite en tres movimientos (2014), o Caminos Asiáticos (2014). Titulé el trabajo Invictus y estos son las tres secciones que componen el mismo.

La Pasarela. Es el lugar donde los musculosos gallos de peleas, con sus vistosos plumajes, son fotografiados sobre un fondo neutral blanco, con luces artificiales, en el ambulatorio estudio profesional del artista, improvisado en un gallerín rural. Un concepto muy parecido al de las fotografías de las famosas actrices fotografiadas por los aclamados fotógrafos de moda Richard Avedon é Irving Penn. Las coloridas imágenes (verticales) de los gallos de peleas imitan las poses de las reconocidas modelos internacionales en una vistosa pasarela.

La Pelea. Como ágiles atletas de las artes marciales, que danzan en el aire en un dramático encuentro a muerte sobre una verde grama artificial del coliseo, los gallos lanzan sus certeros espuelazos y picotean a su retador. Las fotografías (cuadradas) evidencian el drama. La roja sangre corre por el ruedo. Reminiscente de los ancestrales encuentros entre gladiadores, en los coliseos romanos o las corridas de toros en España. Las milenarias aves son los principales protagonistas de este impresionante encuentro deportivo.

La Muerte. Después de la brutal pelea, la muerte es el inevitable desenlace final. Los gallos aparecen representados como naturalezas muertas. Parecidas a un mítico tableaux renacentista medieval, actualizado a nuestra época moderna, las imágenes son vistas desde una óptica colorida y controversial. Como una metáfora, los gallos de peleas son fotografiados (horizontalmente) sobre descartados papeles de periódicos –símbolos de la efímera noticia cotidiana.

Invictus refleja el drama del espectáculo de las peleas de gallos. Un deporte nacional que es legal y que se lleva practicando en Puerto Rico desde mediados del siglo 18. Para darle mayor homogeneidad al ensayo, escogí trabajar en la gallera de Isla Verde -localizada a la vuelta de la esquina de mi estudio fotográfico. Donde el fondo de la alfombra del redondel era uno de color uniforme, brillante y verde fosforescente. A diferencia de las otras galleras que visité en el interior de la Isla, en las cuales las alfombras eran grises, marrones y hasta negras (con distractivas letras blancas, impresas sobre la misma).

LOS ORÍGENES DE LAS PELEAS DE GALLOS

LA PALABRA GALLO proviene del latín gallus. Hace 4,000 años que estas aves fueron domesticadas en la China. Los historiadores alegan de que fueron los chinos los primeros en practicar el deporte de las peleas de gallos. Luego, ya para el 1,000 a.C., estos combates se propagaron por todo el sureste asiático (India, Himalaya, Birmania é Islas Malayas).

En la India fue donde comenzaron a cruzarse las distintas razas de estos gallos. Es muy probable que los guerreros persas (país hoy en día conocido como Irán), en sus campañas militares por la India, trajeron de vuelta consigo estas aves a sus tierras natales. En 480 a.C., los persas introdujeron las peleas de gallos a Grecia donde estas se convirtieron en un deporte de mucha importancia. Se respetaba el hecho de que los gallos peleaban con mucha agresividad y tenacidad hasta la muerte. Con el propósito de inspirarlos y hacerlos más valientes, los guerreros griegos acostumbraban a celebrar peleas de gallos antes de ir al combate. El cadáver del gallo perdedor era envuelto en especies exóticas y en los templos era presentado ante los dioses. En un ritual pagano el ave era incinerada en su honor.

Debido a la valentía de estas nobles aves, los romanos asociaban al gallo con Marte -el Dios de la Guerra. Se dice que en el 54 a.C., el general Julio Cesar condujo la primera invasión a Gran Bretaña donde pudo introducir las peleas de gallos a este país anglosajón. Tenemos conocimiento de que en el imperio romano existían distintas razas de gallos y gallinas. Y de que lo mismo era cierto en otros países del Mediterráneo. Los antiguos sirios adoraban al gallo de pelea. En el arte religioso cristiano la imagen del gallo cantando simboliza la resurrección de Cristo. De igual forma, su canto delató a Judas cuando este traicionó a Cristo.

El navegante portugués Fernando de Magallanes, líder de la primera expedición que circunnavegó el planeta Tierra, en el 1521, escribió en sus notas de que en Borneo (Indonesia) el gallo era considerado tan sagrado que nadie se atrevía a comer su carne. También, Antonio Pigafetta, el cronista de dicha excursión, informó que presenció peleas de gallos en el reinado de Taytay, localizado en las Filipinas.

En el siglo 16, en Inglaterra, se llevaban a cabo numerosas peleas de gallos en el Palacio de Whitehall. Durante el reinado de Enrique VIII las mismas tenían tanta aceptación que se convirtieron en un deporte nacional. Los patios de las iglesias, y el interior de las mismas, eran utilizados como arena para celebrar dichos combates. Posteriormente, en el 1849, para proteger las aves la Reina Victoria prohibió las peleas de gallos en dicho país.

Los sangrientos eventos deportivos siempre le han gustado a la humanidad. En la remota Roma, para entretener al público, los gladiadores (del latín gladius, que significa espada) combatían armados, dentro de un coliseo, contra otros gladiadores, animales salvajes o esclavos. En Europa, algunas ruinas de dichos milenarios coliseos todavía se encuentran de pie. Por otro lado, en la España medieval se llevaban a cabo las famosas corridas de toros. La tauromaquia (del griego tauros ‘toro’, y máchomai ‘luchar’), o el arte de lidiar toros, tanto a pie como a caballo, forman parte de la cultura nacional española. Paralelamente, desde la antigüedad hasta el presente, siempre se han llevado a cabo sangrientas peleas de boxeo y de lucha libre.

LA HISTORIA DEL DEPORTE DE LAS PELEAS DE GALLOS EN PUERTO RICO

LAS PELEAS DE GALLOS se introdujeron a España durante el siglo 8, cuando los moros invadieron a ese país y trajeron consigo los gallos de descendencia persa. Ocho siglos más tarde, dichas aves llegaron a la isla de Puerto Rico a través de los colonizadores españoles. En 1770, el gobernador español Miguel de Muesas legalizó las peleas de gallos y las declaró un deporte nacional. Luego, en el 1825, el gobernador Don Miguel de la Torre estableció el primer Reglamento de Gallos. Pronto, las peleas de gallos proliferaron por toda la Isla y se hicieron muy populares entre la población.

Varios años mas tarde de la llegada de los americanos a Puerto Rico, en el 1898, estos prohibieron el deporte por considerarlo uno de carácter inhumano. Irónicamente, para ese mismo tiempo, no la prohibieron en los EE.UU. Estas quedaron prohibidas en la Isla hasta el 1933 cuando el legislador Rafael Martínez Nadal, el tercer presidente del Senado de Puerto Rico, logró comprobar que en su estado salvaje, por su naturaleza misma, el instinto natural de los gallos era de ser agresivos y de pelearse entre si. Martínez Nadal legalizó nuevamente el deporte mediante la aprobación de la Ley de Gallos (Ley Número 1 del 12 de agosto de 1933). Actualmente las peleas de gallos son legales y reconocidas como el Deporte Oficial de Puerto Rico. Las mismas forman parte de nuestra rico legado cultural.

De acuerdo con la Sociedad Protectora de Animales, en el 2008 las peleas de gallos fueron prohibidas en los EE.UU. -pero no en Puerto Rico. Aunque en ese país no existe una regulación federal, la gran mayoría de los estados declararon las peleas de gallos un crimen castigable por ley. Por lo tanto, la transportación de gallos de peleas a otros estados es considerado un delito penal.

Se creé que la primera gallera que se estableció en Puerto Rico, bajo esta ley, fue la Gallera El Recreo, en Guaynabo, y la segunda fue la Gallera Canta Gallo, en Santurce. Hay otras cuatro más, muy antiguas, en Cabo Rojo. Una de estas es la Gallera El Cofresí. Una de las más grandes es la Gallera Dulce Sueños, en Guayama. Durante el mes de octubre, en la gallera de Vega Alta, anualmente se celebra un festival de gallos. Al presente, existen ochenta y seis galleras a través de toda la Isla.

El Departamento de Recreación y Deportes de Puerto Rico reconoce las peleas de gallos como un Deporte Oficial. Por lo que cuenta con un estricto reglamento de leyes que regulan y le dan seriedad al mismo. Todas las galleras operan bajo este reglamento -desde las más humildes, hasta las más modernas y turísticas. Las licencias para las galleras, otorgadas por el gobierno, están vigentes desde el 1ro de noviembre hasta el 31 de octubre de cada año.

Existen distintos tipos de categorías de galleras. A unas se les está permitido llevar a cabo una jugada diaria, los siete días a la semana. Mientras que a otras se les permite solo llevar a cabo tres jugadas a la semana, en los días aprobados por la Oficina de Asuntos Gallísticos. Cada coliseo tiene su horario de operación establecido de ante mano. Las peleas pueden durar hasta las altas horas de la noche. En las mismas se llevan a cabo distintos tipos de combates, dependiendo de la temporada. Por ejemplo, los pollos pavas pelean con todo su plumaje y con crestas, barbas y orejas sin recortar, desde agosto a noviembre. Periodo en el cual los gallos adultos mudan su plumaje.

Es importante señalar que de acuerdo al Departamento de Recreación y Deportes de Puerto Rico esta industria genera cientos de millones de dólares anualmente. Llegando a ocupar uno de los primeros puestos en la producción agrícola del País. Las estadísticas del Departamento de Agricultura de Puerto Rico demuestran que en la Isla existen doscientos mil gallos de crianza. Anualmente asisten a las galleras más de un millón de personas, las cuales producen sobre cien millones de dólares en postas, entradas, consumo de alimentos y otros. Las estadísticas reseñan que las peleas de gallos fueron la décima industria en generar ingresos en la Isla. También, se crearon cerca de 50,000 empleos directos e indirectos. Internacionalmente a Puerto Rico se le considera como la meca del deporte. El año pasado se llevaron a cabo 192,000 peleas de gallos en la Isla. A diferencia de otros países, en Puerto Rico las peleas de gallos se llevan a cabo durante todo el año.

Con cuatro siglos de existencia, las peleas de gallos están consideradas el deporte más antiguo en nuestra sociedad. Es el deporte nacional de Puerto Rico. También son conocidas como “el deporte del pico y las espuelas” y forman parte del patrimonio cultural y folclórico puertorriqueño, de nuestras costumbres y tradiciones. Lo llevamos en la sangre, la misma se transmite de padres a hijos, de generación en generación. Se integran en este deporte todos los niveles sociales del País, desde los más acaudalados hasta los más pobres. Desde la montaña, cantores de la música folclórica, tales como Andrés Jiménez, mejor conocido como El Jíbaro, le dedican canciones típicas inspiradas en la bravura de estos insignes combatientes. Más que un deporte es un hito importante en la formación de nuestra identidad nacional como pueblo.

DESCRIPCIÓN DE UNA PELEA DE GALLOS

DEL 2013 AL 2015 volví a visitar numerosos coliseos gallísticos a través de todo Puerto Rico. La siguiente es una breve descripción de cómo se llevan a cabo las peleas de gallos que se pueden observan en el Club Gallístico de Puerto Rico. Este coliseo está localizado en el sector turístico de Isla Verde (municipio de Carolina) y cuenta con un amplio estacionamiento para sus clientes. Tiene una estructura multipisos, relativamente grande, cómoda y con aire acondicionado. Posee una barra, para el estipendio de bebidas alcohólicas, además de varias oficinas administrativas y cuartos especializados, tales como: el armadero, la estación de limpieza, área para desarme y cura, jaulas de exhibición, servicios sanitarios y otros.

A este coliseo, en particular, se entra por una larga y empinada escalera que conduce hasta al piso superior. A mitad de camino se encuentra un detector de metales para alertar sobre posibles armas blancas y/o de fuego. Al llegar arriba uno se encuentra con la boletería donde se compra el boleto de admisión. Su precio depende del lugar donde uno se va a sentar. Te adhieren una banda de papel (de distintos colores) en la muñeca de la mano. Los asientos no están numerados.

Después de pasar por la boletería, y a la entrada del vestíbulo, inmediatamente uno se percata de la gran multitud de público presente. Las personas están cuidadosamente observando a los gallos, mientras estos están siendo armados con sus afiladas y mortíferas espuelas (una en cada pata). El dueño de cada gallo le “alquila” (en realidad compra) las espuelas plásticas a la gallera. Cada gallo contiene una estrecha cinta multicolor en la base de sus dos patas, para diferenciarlos el uno del otro. Usualmente estas cintas son rojas o azules. Por lo general, a los gallos que están descrestados y se les han recortado las barbas, las coloridas plumas también están extensamente recortadas para ofrecerles un mejor desempeño aerodinámico. De igual manera, no tienen plumas en los muslos para hacerlos más vulnerables a los mortales picotazos y certeras espuelas.

Otros gallos se encuentran ya armados en sus respectivas jaulas de exhibición, dividiéndolos de los demás combatientes. La vitrina permite al espectador observar la belleza y brío de cada ejemplar. Hay unas 88 de estas vitrinas individuales, unas encimas y al lado de las otras. El conjunto de las mismas mide aproximadamente 40 pies de largo por 8 pies de altura. Los gallos vienen de distintos colores. Siendo los más comunes los rubios, pintos, cenizos, giros, búlicos, calandro, camagüey o blancos. Las patas pueden ser patinegras, patiamarillas o patiblancas.

El Juez de Inscripción toma medidas estrictas para asegurarse de que la pelea sea una limpia. Cada gallo es cuidadosamente lavado, con las soluciones adecuadas, para verificar que sus plumas y espuelas no contengan sustancias extrañas que puedan ofrecerle una ventaja substancial sobre su adversario. Las espuelas artificiales (de polímero termoplástico) tienen una medida reglamentaria de 1 6/16 pulgadas de largo. Las mismas se adhieren sobre el tocón de ambas patas, con hilo, esparadrapo y una cinta adhesiva de color. Finalmente, las espuelas se miden con un cepo para verificar que todas tengan el mismo largo y espesor.

Las peleas de gallos constituyen un deporte nacional donde se acentúa la cultura del machismo puertorriqueño. La gente socializa entre si y conversan entusiasmadamente sobre la valentía de sus gallos de casta. En esta gallera la gran mayoría del público son varones de mediana edad, de tez blanca y algunos trigueños. Las féminas y los niños escasean. Unas voluptuosas y sensuales féminas (en tacos, con pantalones cortos o mahones muy apretados y unos provocadores escotes) se encargan de tomar las ordenes de la bebida y la comida entre el público que está sentado en el primer nivel. La comida consiste de muslos o chicharrones de pollo.

Desde la altura de este teatro (muy parecido al concepto de los coliseos romanos, pero obviamente en menor escala) se divisa en el primer piso un redondel de aproximadamente unos treinta y cinco pies de radio donde se llevan a cabo dichas peleas. Este redondel posee una brillante alfombra verde plástica en su piso. Bordean al mismo unas anguladas paredes grises de tela acojinadas. Las mismas son conocidas como vallas y miden aproximadamente 2 pies de alto por 3 pies de ancho. Tienen la función de evitar de que las aves se salgan del redondel y lleguen hasta el público.

Las personas se sientan en unas sillas impecablemente limpias de acuerdo al precio del boleto que compraron. Hay seis distintos niveles en las empinadas gradas. Los asientos más baratos están localizados en la parte superior. Mientras que en las butacas localizadas en el primer nivel se encuentra sentado el Juez de Valla –cuyo veredicto es final e inapelable-; al igual que, la gran mayoría de los dueños de gallos, desde donde hacen sus apuestas. Este coliseo tiene cupo autorizado para 660 personas.

En el Club Gallístico de Puerto Rico los gallos son bajados desde la altura del área de seguridad hasta el redondel mediante un cajón de plexiglass transparente. Este utensilio divide a los ejemplares para que no se puedan pelear entre sí, pero puedan ser apreciados por el público. Al llegar al redondel, los dos gallos son sacados del cajón por dos jóvenes asistentes del Juez de Valla y cada uno es metido dentro de unas fundas de tela. Los asistentes los pesan en una balanza para que se pueda comprobar de que ambos ejemplares tienen el mismo peso. Al igual que en el deporte del boxeo, existen distintas categorías de peso. Siendo las más comunes las de entre 3.2 a 4.8 libras. Curiosamente, dos de los nombres de unas categorías de peso en el boxeo profesional son las de peso pluma y las de peso bantam (palabra que tiene sus orígenes en una provincia de la Isla de Java, en Indonesia -la fuente original desde donde provienen unos pequeños y valientes gallos), en obvia referencia al deporte de los gallos de peleas.

Seguidamente, los gallos son excitados individualmente por estos dos asistentes con unos pequeños gallos de tela roja con el propósito de que el público pueda verificar que ambos gallos se encuentran alertas, en condiciones óptimas para el combate. De nuevo, los dos gallos combatientes son colocados en el centro del redondel, dentro de otra jaula plástica transparente que los divide. Se otorga un periodo reglamentario de dos minutos para que el público haga sus apuestas. Cuando el Juez de Valla da la señal, la soga es levantada y la caja asciende, dejando al descubierto a los dos gallos. Los cuales inmediatamente comienzan a combatir ferozmente entre sí. Vuelan por el aire como ágiles atletas de las artes marciales, dándose picotazos y espuelazos, mientras que rápidamente agitan sus alas -como una preciosa explosión abstracta de furia y odio animal.

Mientras pelean entre si, el público vocifera acaloradamente haciendo sus apuestas. Se permite apostar contra varias personas a la misma vez. Se duplica o incrementa el valor de la apuesta según se va desarrollando el combate. Han ocurrido ocasiones en que se apuestan miles de dólares y hasta propiedades en dichas peleas. Las postas mínimas (las apuestas entre los dueños) suelen ser de $200.00 a $500.00. Habiendo eventos especiales en las cuales las postas pueden aumentar hasta $5,000.00. En cambio, el público apuesta entre si desde $10.00 en adelante. Este es un deporte donde las personas no compran boletos impresos para apostar. Las apuestas son verbales y cuando pierdes, tienes que pagarle al otro. La hombría, palabra y el honor están en juego. Por eso es que se le llama el Deporte de Caballeros.

De acuerdo con el nuevo reglamento, cada combate de gallos adultos (de los que tienen la cresta y las barbas recortadas) está programado por reloj para durar doce ininterrumpidos minutos. Los pavas que no están recortados duran diez minutos. O hasta que uno de los gallos mate al otro en el combate. En otras ocasiones, el cansancio y la debilidad los afecta, declarando el Juez de Valla el combate tablas, o sea, empate. También, el gallo puede perder si sale corriendo, huyendo, y no quiere pelear más, o si no se puede sostener de pie en sus dos patas por espacio de un minuto. Cuando un gallo se encuentra tendido en el suelo, el Juez de Valla prende un segundo reloj que le otorga 60 segundos adicionales a ese gallo para que el mismo se levante y peleé. Mientras tanto, el Juez de Valla repite en numerosas ocasiones palabras sonoras como “pierde” lo cual significa que dicho gallo va perdiendo, o “en tablado” que quiere decir que la pelea está empate.

En otras ocasiones el combate puede durar menos de un minuto cuando uno de los gallos le arroja un mortal espuelazo al corazón de su contrincante causándole la muerte al instante. ¡He presenciado espectáculos que han durado menos de 10 segundos! De igual forma, he visto a un gallo que esta perdiendo, tirado en el suelo, súbitamente levantarse, brincar en el aire y arrojarle un mortal espuelazo a su oponente atravesándole el ojo hasta llegarle al cerebro y repentinamente ganar la pelea. Dejando a su oponente muerto sobre el suelo. Digno ejemplo de casta y valentía. Otros quedan totalmente ciegos y corren en círculos huyéndole a su contrincante. Las estadísticas demuestran que un 50% de las peleas terminan antes de los primeros cinco minutos. Son muchos los gallos que mueren y otros que quedan heridos y tienen que ser atendidos por los curanderos –las personas encargadas de curarlos. Los que mueren, o no tienen esperanza de recuperación, acaban descartados dentro de un zafacón. Sus dueños no demuestran sentimiento alguno por dicha pérdida.

Al terminar el combate, el Juez de Valla le corta con una tijera las espuelas plásticas a cada gallo -para prevenir que sus manejadores accidentalmente se las entierren y también para verificar que las mismas no contengan sustancias ilícitas en su interior. Este es el momento en que el público comienza a pagar sus apuestas. El Técnico de Limpieza recoge las plumas caídas en el suelo del redondel con una aspiradora portátil de mano. Inmediatamente comienzan a bajar los nuevos ejemplares para el próximo combate. Mientras tanto, entre medio de la algarabía de este breve receso, el dúo de guapas y sensuales féminas entran al redondel para entregar los refrigerios y tomar nuevas órdenes de bebidas y comidas rápidas. Otra vez se repite la acción. ¡Llegando a celebrarse un maratón de hasta cincuenta combates en un solo día!

 

Héctor Méndez Caratini
Isla Verde de Puerto Rico
Septiembre de 2015

 

Post Data: En diciembre del 2019, el Congreso federal de los Estados Unidos legisló para prohibir las peleas de gallos en Puerto Rico. Esta documentación adquiere un carácter histórico. De gran importancia para futuras generaciones.

¡…luces, luces, los gallos se visten de luces!

por: José Antonio Pérez Ruiz

 

LAS FOTOGRAFÍAS DESARROLLADAS POR HÉCTOR MÉNDEZ CARATINI, condensadas en un libro de su autoría, son demostrativas de contenidos artísticos impactantes. Ha podido generar en cada toma dimensiones que nos permiten articular, a través del tamiz de la creatividad asociaciones emocionales contradictorias, en planos especulativos como son belleza y violencia. Si las interpretamos bien, son un trabajo de diplomacia óptica comprensiva, pues nos pone al tanto de situaciones verídicas por medio de mensajes frugales remitentes de veracidades cáusticas. Los mismos han sido raptados por la sensibilidad propia de un ser capaz de conmoverse con, el dolor, el arrojo y la capacidad de sacrificio de todos los entes vivientes. Por mediación de este proyecto, se pueden captar las situaciones sicológicas y los contenidos atmosféricos disfrutados por los asistentes al evento. En esta labor se enfocó casi exclusivamente en los pormenores previos, la acción y desenlace de tan feroces pugnas.

La colección de Méndez Caratini, nos lleva a reflexionar en torno a las razones por las cuales, la heráldica aún mantiene en tantos escudos de armas, el gallo, como símbolo de valentía aguerrida, donde no existe cabida al miedo y la muerte. Es probable, que las alusiones primigenias mantengan aún bemoles de actualidad. Pues afloran en su contenido simbólico remanentes provenientes de tiempos marginales a los registros conscientes. En efecto, han resurgido con la conquista del espacio, para dar fe del alcance de los poderes que han desbordado hacia esas esferas. Ese acopio, cuyo autor ha titulado Invictus se concentra en una lógica extraña. Nos referimos a la de los apoderados y entrenadores de los ejemplares, de quienes sospecho que buscan transferirle al animal, durante los ¨careos¨ preparatorios, el empleo de sus arsenales tácticos con la esperanza de que afloren en ellos métodos de lucha. Probablemente, con esas tareas se aspire desarticular la naturaleza guerra del animal, con posibles intenciones de militarizarlos. Si algo podemos inferir del despliegue de impresiones, son los esfuerzos de dueños e instructores por investigar mores y prácticas de estos ovíparos. De ello, deduzco, que probablemente consiguen enervar las emociones de los espectadores, acudiendo a imágenes metafóricas movilizadoras de los recursos sicológicos que nos asisten, versus las contenciones normales de los gallos. El carácter invariablemente hostil de la especie, cuyo móvil innato es activado por el dominio del gallinero quizás atrajo la atención de quienes también consignaban en sus agendas, conquistas parecidas a niveles personales y comunales. A mi juicio, los deseos de provocar la agresividad de las referidas aves, en escenarios controlados, ha originado modos alternos de domesticación en continuo desarrollo.

Lo cierto es que en la formación de semejantes gladiadores, el sometimiento logra cuando mucho, alcances parciales. Se han movilizado, además, métodos noveles para alcanzar tales metas. Opino que la eugenesia, quizás alcance resultados parciales, aunque no borra, más bien puede acentuar las características ancestrales. De acuerdo al seguimiento dado por Héctor a esas colisiones titánicas, la furia salvaje de los lances, vienen a trascender en lo que podríamos denominar como, esfuerzos de ¨pasarela¨. El hecho el que subsistan encuentros de lo que en el argot ¨gallístico¨ llaman ¨pava¨, deja asomar cierta atracción por verles lidiar en condiciones, lo más cercanas posibles a sus estados naturales. Por su parte, los afeites corporales, los cortes de plumas, crestas y barbas, responden a mi entender a requerimientos ajenos a los púgiles alados, quienes son traídos por voluntades ajenas a jugarse la vida, para la pura diversión y lucro de los espectadores. En ese aspecto, destacan sus presencias físicas transformadas por intervenciones ¨plásticas¨ para nutrir el imaginario de aquellos que acuden a los establecimientos donde concurren los aficionados al llamado ¨…deporte de caballeros. ¨ Pues allí apuestan su dinero dando como garantía un simple ¨van y voy¨ que constituye sus palabras de honor. El deseo de darles proyecciones agresivas, debe tener, mucho que ver con los desafíos monetarios de los concurrentes.

Así los espacios rasurados de sus anatomías, contrastan con plumajes recortados que lucen cual armaduras confiriendo a sus semblantes aspectos duros y por tanto bravíos. Esa obra transformadora, para consumo de la ¨fanaticada¨, es recogida en todo su esplendor por Méndez Caratini, quien ha sabido mantener una objetividad digna de un cronista. La sucesión de retratos evidenciadores de tan singular espectáculo, puede conducir a estados catárticos, donde unos y otros toman partido, pues tanto vencedores y derrotados son victimizados por fuerzas ajenas. Podría alegarse que de todas formas las peleas continuarán por ley natural, sin embargo, creo que son muy distintas las refriegas surgidas bajo los impulsos primarios, en contraposición con las estructuradas por agentes ajenos.

Si algo me llama la atención es la colección hoy abordada es la manera de traer al público, esa altivez congénita de sus líneas genéticas. Parece ser que el fotógrafo efectuó ejercicios personificados, acudiendo a su usual poética visual. Si acudiéramos a su cuerpo de trabajo anterior, su método emerge usando como medida los sentimientos que nos asisten. Esas cabezas erguidas, dejan transparentar la candidez en estado de pureza, aun cuando sus semblantes hayan sido trabajados para dotarles de yelmos virtuales en busca de exteriorizar su bravura. Semejante recurso me recuerda las pinturas en las proas de aquel escuadrón aéreo, pilotado por supuestos “voluntarios”, que surcaban los aires del lejano oriente, antes y durante la segunda Guerra Mundial, bajo el nombre ¨Tigres voladores¨.

Un aspecto, magistral que provee cohesión al conjunto, son las filigranas cromáticas que astillan los vórtices bélicos denunciados por el buen manejo de la lente. Puede así sacar a relucir minucias significativas que los ojos más avezados e incluso, los iniciados, en la mayoría de los casos no se advierten debido a la fugacidad a veces de microsegundos, en que muchas veces se dan movimientos decisivos en los combates. Esos espacios de acción que se extinguen en un pestañar que pueden cambiar la balanza en medio de la reyerta, a primera vista, dan una sensación de opalescencia que progresivamente parece desvanecerse en el trayecto del ojo al cerebro. Lo cierto es que esos matices, sirven de agentes compiladores de luces cuyos acoplamientos intangibles permiten a los chispazos solares con sus intensidades indefinidas, ambientar esos choques épicos. Los artilugios del autor ensamblan unas composiciones donde los esplendores amplían progresivamente los movimientos de los contendientes. Semejantes entornos son asaltados por piruetas sangrientas que retan por instantes la gravedad suscitando vacíos donde la sangre ya en vías de coagulación, aparecen como si se deslizaran por hendijas climáticas que permite a los fluidos vitales abrirse paso entre los vórtices generados por los duelos mortales que sirven de núcleo a las representaciones.

En mi opinión, los estadios fotoestéticos de Méndez Caratini, encaran el temple barbárico de las situaciones, sin sacrificar, ni por un ápice, el contenido artístico. Su visión, atenta a los pormenores del acontecer, lo transforma en una especie de “fakir”. Personajes que entre otras cosas, empleaban sus flautas, como instrumento provocador, a fin de que sus melodías hicieran salir serpientes de una cesta, trayendo al público el ballet particular de una cobra respondiendo a sus acordes. Por su parte, Héctor, emplea su cámara como herramienta captadora de esos santiamenes evidenciadora de la furia desatada en estas colisiones. Cuando las acometidas suscitadas por los elementos en pugna se funden en intercambios cuyo fragor recuerda las riñas “callejeras”, a simple vista lucen cual composiciones abstractas. En ellas, las indefinidas traslaciones cinéticas sugieren los daños causados por los rivales. La comprobación es sellada por las muestras sanguíneas que permanecen en el aire. Fortalece la percepción tenida al respecto una serie de impresiones. Cuando los competidores sienten tener que reunir todas las energías posibles, a fin de asestar lo que puede convertirse en una embestida definitiva. Provee al contemplador de una sucesión de etapas, vistas de costado, de espalda, vis a vis y los conferidos contrataques. En fin, el compendio de movimientos que auguran el golpe de gracia. Se trata de un ejercicio aéreo – terrestre provocador de emociones espectaculares, parecida a la lograda en niveles cinematográficos, en la escena efectuada por el “Karate Kid” al final del enfrentamiento que le convirtió en campeón. Ver algo análogo en el marco de pugnas gallísticas resulta ser una experiencia que se marca en el recuerdo. En las estampas de semejantes refriegas emergen contundentes latires sangrantes, que se mantendrán indelebles en el regazo tibio de la memoria.

Si en las tomas previas podemos admirar los portes naturales, no posados y siempre elegante de los gallos. El artista nos conduce a detenernos en los fulgores multicolores de sus plumajes y sus tornasoles usuales. Son acentos rojos, azules, castaños, turquesas, etc. que pueden asociarse a vestimentas de gala concebidas en tejidos como el velvet, el chinz o las transparencias de las organzas de seda.

Como epílogo, Méndez Caratini, nos confronta con el tenebroso abismo de la muerte, visto cual aquellos versos poéticos que la conciben como “… soledad de soledades”. Este asunto, puede llevarnos a realizar ejercicios de arqueología anímica, destinado a calibrar los estados evolutivos que aún nos ocupan. Los ganadores, muchas veces quedan cual castillos maltrechos tras un ataque. Su gran trofeo es el orgullo de vencedor que le lleva a recuperar su previa altivez y su canto victorioso. Quienes celebran su triunfo, ciertamente son sus dueños, entrenadores y apostadores. Y si les preguntan sobre la condición del gallo, es posible que respondan “¡…bien gracias!” y agreguen “preparándolo para la próxima pelea”.

Los despojos del vencido, serán amortajados en hojas de periódico de noticias que han perdido vigencia. El amarillo enfermizo del papel no reconoce ni dará cuenta jamás de un competidor sacrificado en el ruedo donde se sosiegan los humanos. Predominará un olvido instantáneo, al cual también estará condenado irremisiblemente el ganador de hoy.

Esta serie de fotografías estará en exhibición en el Museo de Las Américas desde el 19 de octubre al 26 de noviembre de 2017. Debo hacer constar que Héctor Méndez Caratini ha realizado una aportación en la que ha dado seguimiento a los apuntes de Fray Iñigo Abbad y Lasierra, Manuel A. Alonso, Emilio E. Huyke, la aportación legislativa de Rafael Martínez Nadal y otros que proporcionaron testimonios en cuanto a los encuentros de gallos en sus respectivos tiempos. Hoy los emula, desde una perspectiva gráfico literaria, dando fe de la actualidad y desarrollo de esas actividades al expresarlo desde sus experiencias existenciales. La maestría de nuestro artista al originar fotos reveladoras del aquí y ahora, auxiliado por una sensibilidad evidente, le ha llevado a compilar esos trazos sutiles y nerviosos para extraer gestualidades cuya aceleración puede alojarse en la memoria cual celajes espectrales que pueden ser rememorados fragmentariamente. Sin embargo, el poder ingresar en el deseo faústico de pedir al tiempo que se “…detenga…”, nos conduce a calibrar la brutal violencia de las tramas secuestradas, para relatarlo a quienes lo vemos como un drama. El carácter inagotable de las mismas si las aplicaciones al devenir cotidiano deja interrogantes a quienes poseen el temple de autocriticarse. A mi entender, este acopio está destinado a convertirse en referente a estudiosos, investigadores e interesados, hoy en el futuro.

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 INVICTUS

Las peleas de gallos en Puerto Rico
Cocks fights in Puerto Rico

…lights, lights, the cocks are dressed in their fighting costumes!

by José Antonio Pérez Ruiz

 

The photographs developed by Héctor Méndez Caratini, condensed in Invictus (a book and exhibition of his creation) are demonstrative of impactful artistic contents. He has been able to generate, in every shot, dimensions that permit us to articulate, through the framework of his creativity, contradictory emotional associations in speculative levels of beauty and violence. If we interpret them correctly, they are a work of comprehensive optical diplomacy that tells us of truthful situations by means of frugal messages remittent of burning truths. The same ones have been abducted by the sensibility of a creature capable of being moved by pain, bravery, and the capacity of the sacrifice of all living beings.

An aspect, that provides masterly cohesion to the collection are the chromatic intricate movements that splinter the bellicose vortices denounced by his excellent camerawork. Thus, he points out significant petty details, that even the most well-versed eyes, inclusive the initiated ones, in the majority of the cases cannot see due to the fugacity of microseconds, in which decisive movements in the fights occur. Those spaces of action are extinguished in the blink of an eye and can change the balance of a fight. At first sight, they give us a sensation of opalescence that progressively seems to vanish in the route from the eye to the brain.

The expertise of our artist in originating revealing photographs of the here and now, aided by a clear sensibility, has taken him to compile those subtle and nervous traces that extract gestures whose acceleration can store itself in the memory of spectral cloudscapes that can be recalled fragmentarily. Nonetheless being able to join Faustic desires of asking time “…to stop”, leads us to calibrate the brutal violence of the hijacked schemes, to recount them to those of us who see them as dramas. It is my understanding that this collection is destined to become a reference point for academics and investigators interested in studying the subject matter, today and in the future.

As an epilogue, Méndez Caratini confronts us with the sinister abyss of death, whose poetic verses conceived her as “ solitude of loneliness”.

 

La casta de la imagen
Invictus, en exhibición en el Museo de las Américas, se divide en La pasarela, La pelea y La muerte

Jorge Rodríguez, EL VOCERO

04/04/2018

El virtuoso de la fotografía de arte Héctor Méndez Caratini hace uso de su llave del recuerdo para transportar a su veedor a aquellas piedras indígenas de la cresta de Puerto Rico. De esta forma, devuelve los misterios impensables de la oftalmología al científico, ofrece un panorama glacial desde una cumbre asiática y hasta restituye del desierto aquello que las manos han borrado.

Su nueva exposición de linaje costumbrista ofrece otro trasunto desde la perspectiva paradigmática, desde que en 1782, en Noticias de la historia geográfica civil y política de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, apareciera la primera imagen de una guerra entre gallos.

Invictus es el título de esta exhibición, dado a esta casta conocida en otrora como rompehuesos, pero que el artista la figura en una única pasarela.

Resulta que desde que estuvo involucrado en su periodo asiático, allá por las Himalayas, su esposa le instó a regresar a sus raíces, su herencia cultural y retomó los gallos de pelea que en los 80 hizo en blanco y negro, y ahora a color con las cámaras digitales.

Expuesta en el Museo de las Américas hasta el 15 de abril, la dividió en tres partes.

“La primera la titulé La pasarela y emulando a grandes fotógrafos de la moda, como Richard Avedon e Irving Penn, decidí llevar mi estudio fotográfico rodante móvil a las montañas de Puerto Rico. Fui por Adjuntas, Toa Alta, Toa Baja y Loíza visitando los gallerines donde los cuidan y alimentan. Fotografiaba los gallos con un fondo de papel profesional como tal, sin nada en el fondo que distraiga al espectador. Era como en las revistas Harpers Bazaar o Vogue. En vez de tener un traje diseñado, el gallo viste su plumaje multicolor. Presento detalles de la cabeza como si fueran unos portraits con las crestas y las barbas recortadas, con detalles del plumaje en la pasarela, en 36 fotos a color”, explicó Méndez Caratini a EL VOCERO.

Su segunda parte es La pelea. Ahí se ven en combate, en el cuadrilátero de su coliseo, donde pelean a muerte. La selección de la gallera fue la de Isla Verde por tener en el piso un verde fosforescente, que acentúa del gallo su estampa.

“La tercera la titulé La muerte. La muerte es el desenlace, el fin de la pelea. Para la misma acosté los gallos encima de unos papeles de periódicos, un tipo de naturaleza muerta estilo renacentista. El color del papel lo pinté de amarillo para que fuera una noticia descartada y porque el periódico de ayer lo botas al zafacón”, dijo.

Invictus se exhibe de martes a domingo en la sala 5 del museo, ubicado en el Cuartel de Ballajá, en el Viejo San Juan.

 

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Invictus es el trabajo mas reciente (2013-2015) del fotografo Hector Mendez Caratini. En el mismo se refleja el drama del espectaculo de las peleas de gallos en Puerto Rico. Un deporte nacional que es legal y que se lleva practicando en su Pais natal desde mediados del siglo 18.

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