El ayer: recuerdos de un Puerto Rico olvidado, 1974-1988

Serie en Blanco y Negro

Al igual que Jack Delano, en su serie fundamental Contrastes, que compara el Puerto Rico de finales de la década de 1940 con el de la década de 1980, Méndez Caratini comenzó en 1974 a preservar la memoria visual del pasado que desaparecía rápidamente. El jíbaro de ayer no es el jíbaro de hoy. El paisaje rural y urbano no es el mismo y lo desconocen las generaciones futuras.

Ricardo Viera
Lehigh University Art Galleries
Director y Curador
Bethlehem, PA
Octubre de 2003

Like Jack Delano in his seminal series Contrastes, where he compared the Puerto Rico of the late 1940’s with the 1980’s, Méndez Caratini began in 1974 to preserve a visual memory of the past which was rapidly disappearing. The jíbaro of yesterday is not the jíbaro of today. The rural and urban landscapes are not the same and will be unknown to future generations.

Ricardo Viera
Lehigh University Art Galleries,
Director / Curator
Bethlehem, PA
October 2003

EL TIEMPO EN LAS FOTOGRAFÍAS DE
HÉCTOR MÉNDEZ CARATINI

Como ha ocurrido en el cine, la fotografía ha tenido que disputar intensamente cada palmo de su reconocimiento artístico. Cuando la imagen pudo ser captada fotográficamente por primera vez se hizo evidente que la pintura no podría seguir siendo lo que había sido hasta entonces. Pero no quedó claro si el nuevo invento podía ser utilizado artísticamente. Parecía como si la cámara fuese autosuficiente, como si el hombre no contara para nada, como si no hicieran falta unos ojos que escudriñaran la realidad y buscaran lo importante. Lo significativo, lo que merece ser recogido y trabajado fotográficamente. Se tenía la impresión que la mente, los valores, las actitudes y las aspiraciones no tenían nada que ver con las realidades seleccionadas y recogidas en las fotos.

Sin embargo, el propio oficio fue sentando sus pautas. Se fueron configurando las fronteras entre lo pictórico y lo fotográfico. La fotografía fue estableciendo su universo autónomo con leyes propias y recursos específicos. Cuando la foto pudo ser reproducida en impresos y alcanzó divulgación, el oficio del fotógrafo se vinculó estrechamente a los periódicos y las revistas. Luego, la industria y la vida moderna fueron estableciendo nuevas funciones y delimitando géneros. Surgió la fotografía científico técnica, la comercial, la informativa o periodística y la foto como medio de expresión creativa.

En este último género es que se inserta la colección de Héctor Méndez Caratini “El Ayer: recuerdos de un Puerto Rico olvidado”. Se trata de una serie de fotografías unidas por una temática central: la preocupación por un mundo olvidado que desaparece ante el impacto de una modernidad problemática y poco articulada. En el espacio de realidades puertorriqueñas en vías de desaparición que recoge la colección, lo anacrónico ocupa el primer lugar entre todo lo que es significativo pero no como añoranza del pasado, sino como testimonio de un presente que todavía no ha alcanzado plenamente su sentido y en donde la tradición desaparece como si nunca hubiese existido, como si los pueblos no tuvieran raíces.

En ese marco el problema del colonialismo se asoma muy sutilmente para mostrar su perfil desde diferentes ángulos. La fotografía de Palomo, “el motociclista”, nos presenta un nuevo Quijote sobre un Rocinante metálico que va en busca de nuevas aventuras y de molinos de vientos. Ese easy rider criollo es el símbolo de la modernidad problemática y desarticulada que vive actualmente Puerto Rico y de su particular realismo mágico. Montado sobre su vistoso vehículo, que arrastra un pabellón de banderas y cachivaches, este personaje pueblerino va proyectando su anacronismo de feria por una ruta de municipios que se despueblan y donde la gente como diría Palés “se morirán de nada”.

La vieja sociedad patriarcal muestra también su rostro moribundo. Por un lado, la hacienda abandonada donde en lugar del café, tabaco, u otros frutos crece la maleza salvaje e implacable. Por otro lado, el esqueleto lejano de una central convertida en chatarra, en pueblo fantasma sin mas pena ni gloria. Y a medio camino entre la vida y la muerte un viejo órgano bajo un cuadro de Jesús en el rincón de una casa en algún pueblo del interior nos transporta a aquellos “felices días” que como la danza “no volverán jamás”.

El otro componente fundamental de este mundo de realidades desdibujándose es la tradición religiosa y principalmente la santería. Santos tallados en madera colocados sobre una mesa y juntos a ellos el dueño de la reliquia posando para el fotógrafo. Paredes llenas de cuadros con imágenes, fotos familiares, alambres, espejos y certificados de diversa índole. En ese mismo ambiente de tradiciones en retirada aparece la foto del artesano Emilio Rosado, uno de los últimos ejemplares de una especie en vías de extinción, mostrando orgullosamente uno de sus gallos tallados en madera; al igual que en la foto de la tienda de souvenirs Ayala, donde el pasado se convierte en mercancía, en “Kitsch” a la altura de todos los bolsillos de turistas.

Contemplando el cuadro general de ese mundo que se extingue están las fotos del último resistente de la embestida de la historia: el pequeño comerciante que apenas subsiste ante el impacto de la invasión comercial norteamericana. Colmados destartalados y abandonados que aún guardan los nombres con que fueron bautizados por los últimos dos propietarios. La mirada vacía de un dueño o parroquiano de un negocio que no parece esperar nada de nada ni de nadie. El vendedor de pasteles en su improvisado puesto en la orilla de un camino. La tienda tragada por la naturaleza donde un anuncio de 7-UP parece un fantasma saliendo por una ventana.

Mucho mas enmarcada en el presente está la casa típica de campo con una imagen gigante de Santa Claus en el balcón con su ridícula indumentaria invernal en un país cálido como el de Puerto Rico. Una simbología importada que se inserta orgánicamente con los productos norteamericanos que pueblan escaparates en varias fotos de comercios. En una de ellas aparece el retrato de Luís Muñoz Marín aún joven, en la década del cincuenta, quien parece como si estuviera presidiendo todo el movimiento que se dá en el negocio o como si se encontrara custodiando la mercancía que allí se exhibe. Curiosamente Muñoz solo cuida a los productos norteamericanos; a las botellas de sirop hecho en Puerto Rico las guarda únicamente la Divina Providencia. Por eso aparecen junto a un cuadro de imágenes religiosas y tienen en la parte superior un reloj que da la impresión de estar contando el poco tiempo de vida que queda a este tipo de industria nativa de continuar la actual tendencia.

Por último piedra y follaje. Aguas quietas que esperan por la historia. Esta quietud final del paisaje contrasta radicalmente con la tormenta que inicia la colección donde esta presente un viento que todo lo arrastra pero atropelladamente como si no quisiera dejar que el tiempo siguiera su causa normal y pretendiese violentar la marcha de los acontecimientos.

Lo curioso de este mundo de fantasmas vivientes es que se trata de una visión del pasado elaborada por un fotógrafo que mira principalmente hacia el futuro. De ahí que no se puede interpretar su colección sobre El Ayer como una búsqueda del tiempo perdido, como un viaje a la semilla, ni como una visión nostálgica del pasado. Lo que su colección recoge es una reflexión fotográfica sobre un futuro incierto y problemático donde la cámara se revela contra los que pretenden arrancar a un pueblo de la historia con todas sus raíces.

José Luís Méndez
Río Piedras
Octubre de 1978

Ante la enorme diversidad de tendencias estéticas que prevalecen hoy en el mundo de las artes muchos jóvenes se sienten desorientados y frustrados. Buscando nuevos caminos pero atraídos por tantas influencias poderosas simultáneamente se encuentran, a menudo, en callejones sin salida. Es, por lo tanto, refrescante y alentador encontrar un joven fotógrafo como Héctor Méndez Caratini que sigue su ruta escogida con determinación, confianza é imaginación, dejando que la originalidad de su obra salga de su originalido como individuo.

Sus fotografías no son únicamente bellos arreglos de formas, texturas y juegos de luz. Son todo esto, pero son, además, imágenes que nos hablan, que nos dicen algo significativo de Puerto Rico. Porque el mensaje, el significado, es, para este joven fotógrafo de suma importancia. La exuberante vegetación tropical es, para su cámara, no solo hermosa en sí, sino es también símbolo de todos nuestros recursos naturales amenazados con extinción por el avance desenfrenado de la urbanización. Con la misma preocupación enfoca en las manifestaciones folklóricas, históricas, y culturales y nos trae imágenes que provocan el pensamiento, la contemplación y que plantean el interrogante ¿Qué será de Puerto Rico?

En Francia, Claude Debussy acostumbraba agregar a su firma la frase “compositor francés”. Aquí, con el mismo orgullo, Héctor Méndez Caratini puede escribir “fotógrafo puertorriqueño”.

Jack Delano
Trujillo Alto
Septiembre de 1978

BORIQUÉN: LAS VOCES DEL TIEMPO

Pensar en el tiempo es tarea complicada para todo semejante, maxime cuando se tiende a buscar obligadamente una definicion del término. Sin la necesidad de imprimirIe planteamientos filosóficos a este conjunto de obras que conforman esta muestra de factura extraordinaria, el concepto tiempo merece un tratamiento aparte; no puede encontrársele una definición exacta entre las tantas que posee en nuestro idioma sino que debe vérsele en una dimensión de “lo secreto” como el elemento mágico que vibra en cada una de las obras.

La fotografía, quizás la mas joven entre las artes plásticas, cuenta entre algunos de sus ductores a un precursor lIamado Henri Cartier-Bresson, Maestro de la Modernidad fotográfica. Menciono al gran artista francés a tono con lo que considero la creación de Héctor Méndez Caratini; no con el fin de compararlo, sino para entrever que existe una relación directa entre el objeto y el proceso creativo que se expresa dentro de una subjetividad sin límites que caracteriza a todo verdadero artista. Es así que dentro de una trayectoria limpia, con una técnica refinada y exenta de trucos, Méndez Caratini presenta una obra que evoluciona continuamente dentro de los parametros del arte contemporáneo.

La exposición II “Boriquén: Las Voces del Tiempo”, comprende por lo menos tres series que se enlazan en un solo tema, a través de una narrativa visual cuidada e impecable, descubre un mundo real capaz de aprisionar al expectador y al investigador mas avezado, en el plano alegórico, pues no se detiene en su incesante búsqueda de valores plásticos y por ende humanísticos. La interpretación de una realidad especial podrla afirmarse que va sostenida par el análisis mas profundo, meticulosamente elaborado en lo que aparenta ser a simple vista el planteamiento de un objeto, de una semblanza criolla, un fenómeno telúrico; el descubrimiento y amor por todas las cosas añejas como las texturas, las erosiones, las rocas, las huellas del tiempo en su incesante andar, o meramente en la representación icónica de un personaje anónimo.

Si todo artista en el horizonte de la creación se vale de un instrumento para realizarse, en este caso es la cámara la única capaz de servir a los impulsos del ojo y la mente de un visionario; es a través de ella que Méndez Caratini logra descifrar ciertos secretos que solo a él Ie pertenecen, por cuanto los ha investigado a fondo. La estructura de la exposición así lo demuestra, en el sentido que habla cabalmente de cierto mecanismo interior que actua permanentemente. Unidad temática, estilo, técnica y composición; todo queda a la vista. Pero es preciso señalar que la poesía rige ampliamente en toda su producción.

Cuenta la historia de su país de manera abarcadora; no obstanteo, ello, jamás pierde de vista el dialogo íntimo con el objeto, al que da forma y siente íntimamente como algo propio. Posee una especial manera de narrar los hechos, que deriva en el documento vivo, apoyado por el elemento concreto, y por las visiones.

EI eje central de la exposición, queda plenamente ejemplificado en un determinado interés, que podria describirse como fuerza cósmica en la forma como el artista plasma, capta, modela al igual que el escultor, la experiencia táctil persiguiendo la esencia pura de las piedras, que redunda en el tratamiento que les imprime al representarlas en su etapa mas pura y primigenia. Bastaría mencionar las fotos del grupo de los petroglifos aborígenes para encontrar al desnudo la obra de un artista cuyo sello muy lejanamente los refiere a contextos arquetípicos. He ahí la intención de sus provocaciones; las piedras de Boriquén hablan en el tiempo, de ahí sus voces.

Francisco J. Barrenechea
Museo de la Universidad de Puerto Rico, Curador.
San Juan
Septiembre de 1978

EL AYER: Recuerdos de un Puerto Rico olvidado

La gran mayoría de estas fotografías fueron tomadas durante en el comienzo de mi carrera profesional. Los folclóricos personajes, lugares y cosas aquí documentadas se pueden entender simbólicamente como una coherente iconografía de nuestro tiempo. Estas nos muestran imágenes tan familiares y visibles dentro de nuestro ambiente que rara vez nos percatamos de su existencia, mucho menos de la importancia y del lugar que ocupan en el desarrollo de los valores y tradiciones de nuestra cultura.

Héctor Méndez Caratini
San Juan
Septiembre de 1978