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Entrevista de Ricardo Viera a Héctor Méndez Caratini

Entrevista entre el curador Ricardo Viera y el fotógrafo
Héctor Méndez Caratini

Ricardo Viera:

– Hablemos de sus primeros pasos en las artes visuales. ¿Qué y quién lo inspiró? ¿Qué influencias siguió y emuló? ¿Cuándo se estableció como artista fotógrafo profesional? ¿Cómo lo influenció la historia de la fotografía en Puerto Rico?

Héctor Méndez Caratini:

– Cuando tenía como ocho años, un tío me dio una camarita plástica Kodak Brownie como regalo de cumpleaños. Desde entonces estoy fotografiando. Al principio, fotografiaba a mis hermanas, amigos, las actividades en la escuela superior, etc. Según fui creciendo, fui adquiriendo numerosas cámaras, tales como una Kodak Instamatic, en 1964, una Minox, una Minolta, Leicas, Nikons, Hasselblads, Linhoffs y varias cámaras de vídeo y digitales.

Estudié en la Universidad de Boston y terminé mi bachillerato en la Universidad de Puerto Rico. A principios de la década de 1970 me mudé a la ciudad de Nueva York, donde estudié fotografía profesional en la Germain School of Photography. Mientras vivía en el Village, visitaba el MOMA (Museo de Arte Moderno) y el Museo Metropolitano. También veía lo que estaba en exhibición en la Galería Lee Witkin y en la Galería Light. El trabajo pionero que allí se exhibía tuvo una tremenda influencia y fue mi inspiración para convertirme en fotógrafo artístico.

Cuando regresé a Puerto Rico en 1974, comencé a documentar extensamente las tradiciones de mi gente, concentrando en los rasgos universales dentro de lo particular. Mi falta de cursos sobre la historia de Puerto Rico, en la escuela superior y a nivel universitario, despertó mi curiosidad por buscar rastros escondidos de nuestra identidad nacional. Así me convertí en uno de los primeros alumnos de don Ricardo Alegría en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

Más tarde, a mediados de la década de 1970, me hice amigo de Jack Delano y su esposa Irene, que diseñaron los catálogos de mis exhibiciones de fotografía. Sus fotografías de la década de 1940 para la Farm Security Administration influenciaron el estilo de mis primeros trabajos documentales. También, a finales de la década de 1970 conocí a W. Eugene Smith cuando estuvo en Puerto Rico, y sus comprometidos ensayos fotográficos dejaron una profunda huella en mí. Mi trabajo documental en Vieques es similar a su serie Minamata en Japón. Ambos tratan sobre los desperdicios tóxicos, la contaminación del ambiente y sus efectos nocivos sobre los humanos.

Creo que la historia de la fotografía en Puerto Rico aún no se ha escrito. Hace tres décadas llevé a cabo mi propia investigación y estudié varios fotógrafos que trabajaron en Puerto Rico a finales del siglo diecinueve y principios del siglo veinte. Encontré que la mayoría de los fotógrafos que vivieron en Puerto Rico en esa época eran fotoperiodistas o fotógrafos comerciales. Ninguno tenía inclinaciones artísticas. Un punto sobresaliente de ese periodo histórico fue el trabajo pionero que hicieron Jack Delano y Edwin Rosskam a mediados de la década de 1940. Estos fotografiaron las severas condiciones de vida de los isleños desde un punto de vista documental. A mediados de la década de 1970, Ramón Aboy y yo, y algunos otros, comenzamos a promover la fotografía como arte. Hoy sólo quedamos un puñado de nosotros con la disciplina necesaria para crear obras nuevas continuamente y exhibirlas año tras año.

R.V.

– ¿De dónde viene su amor por el arte y la cultura?

H.M.C.

– Heredé la vena artística de mi madre. Cuando mis hermanas y yo éramos pequeños, nos llevaba a los museos durante las vacaciones. Una década antes de morir, se hizo aficionada de la pintura.

Mi abuelo materno tuvo una gran influencia sobre mí durante mi niñez. Durante los fines de semana me llevaba a su finca en las montañas. Me inculcó el amor por la tierra, la filosofía del jíbaro, las tradiciones, las haciendas de café, la esencia de la puertorriqueñidad. El “paso de la antorcha” de generación en generación ha sido instrumental en mi formación.

R.V.

– Háblenos de la luz en Puerto Rico y el Caribe. Vivir en una isla, respirar el aire del mar, etc., ¿ha afectado su trabajo en blanco y negro, o ha sido inconsecuente? ¿Qué le inspira y lo satisface más, el blanco y negro o el color?

H.M.C.

– Es muy difícil fotografiar en el trópico. La iluminación del medio día es muy dura y crea sombras profundas. Por otro lado, si uno sabe lo que hace, encuentra que Puerto Rico está bendecido con una cualidad de luz perceptible que raras veces se encuentra en otros lugares. Durante los meses de invierno, enero y febrero, el cielo caribeño adquiere un intenso y polarizado color azul como ningún. Los sutiles cambios en las tonalidades de la luz una hora antes de la puesta del sol se tornan mágicos. Todo queda bañado por una luz dorada y los colores se ven mucho más cálidos. Yo tenía mi propia fórmula para fotografiar en color. Tomaba las imágenes con película Kodachrome y luego las imprimía en mi cuarto oscuro en papel Cibachrome: una combinación insuperable, que más tarde tuve que modificar ya que los Cibas no se fabricaban debido a su toxicidad.

Recuerdo lo mucho que me esforcé en lograr “el sentido visual correcto” en mi ensayo sobre Loíza. Era muy difícil hacer retratos de modelos negros. Durante dos décadas utilicé varios formatos de película, tales como 35mm Kodachrome, SX-70 Polaroid, 4”X5” Polaroid a color, vídeo VHS y finalmente conseguí lo que buscaba con película regular en blanco y negro 35mm Tri-X. Por ser un pueblo costero, pude lograr las imágenes que buscaba en las playas de Loíza, mediante un cielo gris, nublado y lleno de salitre. Por otro lado, el portafolios Mascarada tenía que ser en color para poder comunicar la riqueza de los disfraces y los fondos.

Personalmente, no tengo preferencia por el color o el blanco y negro. Todo depende del aspecto particular o el sentimiento que cada ensayo fotográfico comunica al espectador. Para el portafolios Haciendas cafetaleras de Puerto Rico quería que las fotografías tuvieran ese sentido atemporal que evoca memorias del ayer. Por eso retraté las haciendas y las montañas cubiertas de neblina con una cámara Hasselblad de formato mediano y película de grano fino en blanco y negro; luego las imprimí sobre papel Agfa Portriga, al cual le apliqué viradores de colores sepia, selenio y dorado.

Por otro lado, mi portafolios de flores más reciente, Heliconias, lo concebí en su totalidad utilizando la tecnología del siglo veintiuno. Aunque tiene un aspecto de siglo diecinueve, lo retraté con una cámara digital e imprimí las fotografías utilizando una impresora de siete tintas, sobre papel Arches Aquarelle Archival. En un sentido, este trabajo se relaciona estilísticamente con los de las naturalezas muertas, el portafolioa Mártires, que realicé quince años antes con una cámara 4”X5” e imprimí en platino y paladio sobre papel de grabado sensibilizado a mano.

R.V.

– De sus más de veinte temas y proyectos, ¿cuál considera no sólo importante, sino esencial en su trabajo de treinta años?, ¿por qué?

H.M.C.

– Es muy difícil para un padre decidir cuál es su hijo favorito. Cada uno de los numerosos ensayos fotográficos relacionados a la rica herencia cultural de mi país ocupa un lugar muy especial en mi corazón. Menciono algunos: Petroglifos de Boriquén, sobre los milenarios grabados indígenas en piedra; Haciendas cafetaleras de Puerto Rico, porque son un homenaje a mis raíces corsas y mallorquinas; la serie Loíza, que le rinde tributo a la presencia africana en Puerto Rico y, por supuesto, la serie Vieques, porque como fotógrafo comprometido tenía que denunciar las injusticias que se estaban cometiendo contra mis hermanos y hermanas.

R.V.

– Las circunstancias lo han obligado a combinar varios aspectos de la fotografía para poder sobrevivir. Sea como carrera artística o medio de ganarse la vida, ¿qué ha aprendido de estas experiencias, en las que el común denominador es la cámara y la película?

H.M.C.

– Un año y medio después de graduarme de la universidad, me ofrecieron un trabajo como fotógrafo oftálmico en la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico. Me convertí en el principal fotógrafo en Puerto Rico para los dos estudios médicos nacionales más grandes que se hayan llevado a cabo en la historia del Instituto Nacional de la Salud, de Bethesda, Maryland: el Estudio sobre retinopatía diabética y el Estudio sobre el tratamiento temprano para la retinopatía diabética. Después, cuando mi esposa decidió proseguir estudios doctorales en Harvard, en 1985, nos mudamos a Cambridge donde pude continuar mi trabajo con los pacientes diabéticos en la Clínica Joslin. La diabetes es la principal causa de la ceguera.

El ojo, como metáfora, se parece a una cámara. Por medio de mi trabajo como fotógrafo oftálmico ayudo a que otros conserven la vista, la visión. A través de mi visión como artista fotógrafo, ayudo a que otros se vean a sí mismos y las reflexiones de sus idiosincrasias en mis fotografías. Yo hago fotos casi todos los días. Me apasiona, es como respirar o beber agua, un modo de vida.

Durante los pasados treinta años, mi trabajo como fotógrafo oftálmico me ha enseñado a tener paciencia, para poder estudiar el progreso de enfermedades patológicas en los humanos. He fotografiado los ojos de un mismo paciente durante un período de más de doce años. Curiosamente, he aplicado esos mismos principios de los estudios clínicos a mis estudios personales sobre los sutiles cambios a través del tiempo en Puerto Rico, tales como el colonialismo, la transculturación, la asimilación, el nacionalismo, etc.

Las fotografías de la retina son muy abstractas. Es como mirar al macrocosmos dentro del microcosmos. Las fotografías del interior del ojo se asemejan a las del planeta Marte. Ser un fotógrafo médico me ha mantenido al tanto de los tiempos. He tenido que mantenerme al día con los avances tecnológicos y aprender nuevas técnicas que luego incorporo en mi trabajo artístico, tales como hacer fotografía computarizada, digital, hace quince años, antes de que se convirtiera en la norma.

R.V.

– ¿Cómo se interesó por fotografiar tan extensamente la cultura negroide de Puerto Rico, el Caribe y América Latina?

H.M.C.

– Comencé a mediados de la década de 1970. Recuerdo que mientras asistía a las clases de don Ricardo Alegría en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y del Caribe hice investigación sobre historia oral, la cual ilustré con entrevistas y fotografías de los envejecientes de Loíza Aldea. Es curioso que veinte años más tarde me invitaron nuevamente a participar en otra clase, esta vez con Rafael López Valdez, un reconocido antropólogo cubano. En su clase estudiamos varios aspectos de la vida cotidiana de Loíza, la cual documenté extensamente durante medio año.

También, mientras participaba en los Coloquios de Fotografía Latinoamericana, en Ciudad de México (1978 y 1981), me di cuenta de que la mayoría de los fotógrafos estaban fotografiando temas relacionados con la cultura indígena en sus respectivos países. Dado a que no habían indios en Puerto Rico (fueron exterminados un siglo después de la llegada de los españoles), decidí que concentraría mis esfuerzos en documentar las contribuciones de la raza negra en mi país. En aquel momento, debido al prejuicio nadie se atrevía a pensar que la raza negra hubiese contribuido en algo.

Curiosamente, en la vida un tema te lleva al otro, como un camino entrelazado. Después de terminar la serie Haciendas cafetaleras de Puerto Rico (1987-1990), el próximo proyecto por el cual me interesé fue la documentación de las Centrales azucareras. Mientras trabajaba con estas imágenes fantasmales, me preguntaba quiénes habrían sido los que laboraron la tierra; la respuesta era obvia: los esclavos. Así fue como me involucré con mi próximo proyecto, que me consumiría más de cinco años de trabajo documentando la presencia de las religiones africanas en el Nuevo Mundo: Gagá y Vudú en la República Dominicana, María Lionza en Venezuela y los Orixás en Brasil. En esa época estaba leyendo varios libros relacionados con el tema, así como la poesía negroide de Palés Matos, de naturaleza muy caribeña.

R.V.

– Su profunda y genuina curiosidad intelectual se manifiesta en los temas que selecciona. ¿Hay un denominador común o concepto en dichos temas, del ritual a lo pastoral?

H.M.C.

– Los muchos temas que fotografío toman muchos años en materializarse como imágenes perceptibles. Definitivamente, no se trata de caminar con la cámara colgada al cuello y de repente encontrarse con la imagen a la vuelta de la esquina. El concepto filosófico, la idea que estoy buscando y la decisión de qué fotografiar toman muchos años en madurar.

El denominador común, que unifica todos mis temas, se basa en una filosofía personal de vida que guía mi búsqueda, mis decisiones y acciones. En mi caso, practico lo que creo. Ser un fotógrafo médico comprometido, preocupado por los asuntos de la salud en Vieques, me ayudó a comunicar el mensaje del peligro de la contaminación en el campo de tiro de la Marina estadounidense, que estaba contaminando el ambiente y causando un alza de 27 porciento en los casos de cáncer en la población. El mismo principio guió mi reciente portafolios de flores, Heliconias. La preocupación por la falta de política pública para la protección del ambiente me motivó a establecer mi propio centro de conservación de plantas en mi casa de campo. Me convertí en coleccionista de plantas en peligro de extinción y las fotografié cinco años más tarde cuando florecieron. El jardín botánico de la finca es un legado a las futuras generaciones, como un ejemplo para otros emular.

Trato de mantenerme a la par de los tiempos, siempre palpando lo que sucede a mi alrededor. Como un sabueso, olfateo los posibles temas que se desarrollarán con el tiempo. Así sean asuntos controvertibles, como el de Vieques o la poda indiscriminada de árboles en las carreteras, la idea inicial toma tiempo en madurar. Antes y durante la fase de documentación, leo mucho sobre los temas específicos que despiertan mi curiosidad.

R.V.

– Su trabajo no se limita a imágenes bidimensionales, sino que incluye también vídeos e instalaciones multimedia, como Vieques. ¿Qué le guía o inspira esa musicalidad en su trabajo? ¿Qué está buscando, desde la totalidad de su discurso visual y continuidad pictórica?

H.M.C.

– A lo largo de mi carrera, continuamente me he esforzado por hacer nuevas obras. Me motivo a buscar nuevos ángulos para presentar mis temas. También me guía el interés por mostrar al otro mi particular visión de nuestra historia compartida.

Desde el principio, no quise que mis imágenes de Vieques se tornaran fotoperiodísticas, como las de todo el mundo. Aunque las fotografías podían sostenerse por sí solas como reportajes de primera plana, quería que las mismas tuviesen otro significado, algo mucho más abarcador. Entonces fue cuando se me ocurrió la idea de presentarlas como las Crónicas del calvario. Algo así como Cristo cargando con su cruz, los viequenses estaban cargando la cruz de la contaminación ambiental que les estaba causando una tasa de mortalidad más alta que al resto de los puertorriqueños. Por lo tanto, creé quince lienzos en medios mixtos, que representan simbólicamente las catorce estaciones del vía crucis, como se representan durante las celebraciones del Viernes Santo. Como soy optimista, añadí una estación adicional a las del vía crucis, que representa la liberación de Vieques: el momento cuando se liberó del bombardeo de la Marina estadounidense y las tierras fueron devueltas a los viequenses. Fue mi reinterpretación personal, una versión más contemporánea del tradicional género del ensayo fotográfico.

Mis siete películas en vídeo son otro asunto. Me tomé más libertades con las imágenes en movimiento que las que me suelo tomar con la fotografía. Las considero un medio diferente de expresión. Durante muchas de mis extensas exploraciones de los temas, cargaba dos bultos, uno con la cámara fotográfica y otro con la de vídeo. Esto ocurrió mientras filmaba La presencia africana en el Nuevo Mundo (título de la trilogía combinada: María Lionza en Venezuela, Orixás en Brasil y Gagá y vudú en República Dominicana), y la serie Loíza. Para complementar el vídeo, siempre encargo a un compositor una partitura musical original. Estos vídeos y su música se editan y se crean utilizando la computadora como herramienta.

La primera exhibición de mi trabajo fue en 1973. Fue una proyección nocturna de diapositivas sobre las paredes exteriores de la iglesia San José del Viejo San Juan. Durante principios de la década de 1990 también experimenté con la proyección de imágenes en movimiento sobre video walls, que consistían en dieciséis monitores controlados al azar por una computadora que ampliaba algunas porciones de las imágenes en movimiento. Parecían enormes esculturas de cristal, un homenaje a la tecnología.

R.V.

– ¿Que dicen sus imágenes sobre la cultura puertorriqueña que el ojo humano no pueda captar?

H.M.C.

– Como espectador, usted tiene que aprender a leer un nuevo lenguaje visual para ver lo que ya está ahí, frente a la cámara. Tiene que aprender a inspeccionar el detalle minúsculo en las fotografías, que dice mucho. Además de captar lo que está ahí para que otros lo vean, como la herencia cultural de un país, mis imágenes tratan de presentar un Puerto Rico que está en cambio, en constante evolución, un Puerto Rico de patrones cambiantes de consumerismo, alianzas políticas, nacionalismo versus asimilación, etc. El ojo de la memoria es la esencia de la puertorriqueñidad, la historia contemporánea de Puerto Rico.